Los partidos políticos pierden centralidad para la democracia

En la coyuntura electoral, y con el abanico de opciones desplegado, ¿cuál es el papel y aporte a la democracia que los partidos políticos como plataformas que debaten y defienden idearios?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Ernesto Heisecke

Las próximas elecciones nacionales muestra una llamativa característica: la “explosión demográfica” de candidaturas y estructuras políticas que las sustentan. Segmentación y dispersión de candidaturas y organizaciones que sin duda son incapaces de responder por los compromisos electorales que cada una de ellas ha expuesto; por lo menos, dejan un amplio margen de dudas porque no existen estructuras políticas que así lo garanticen. Los partidos políticos han perdido centralidad para la construcción democrática.

En el pasado siglo, los partidos políticos han sido los fundamentos de los procesos políticos, no sólo en América Latina sino en el mundo y, por supuesto, nuestro país no es la excepción. Ser un dirigente o un candidato se respaldaba por un proceso de formación como tal en el marco de estructuras políticas partidarias que sostenían determinados principios.

Los partidos se constituyeron en estructuras permanentes cuando en el siglo XIX en Europa, en el marco de la “democracia censitaria”, los candidatos debían poseer una determinada fortuna. Los sectores obreros se organizaron para, con pequeños aportes, poder sostener un candidato, con lo cual constituyen partidos de masa y permanentes. Los sectores ricos de la sociedad sostenían comités electorales que desaparecían después de las elecciones sosteniendo pequeños grupos. Es en el siglo XX que la derecha fascista construye los partidos conservadores con movilización de masas.

En nuestro país los partidos políticos tradicionales, Liberal y Colorado, se constituyen al influjo de los intereses de las fuerzas de ocupación tras la derrota de la Guerra contra la Triple Alianza y el accionar de los “legionarios paraguayos” que vinieron marchando con las fuerzas de ocupación. Los Liberales nacidos al amparo de la ocupación argentina, y los Colorados al amparo de los brasileños. Reunieron a todos los sectores conservadores del país. Estos partidos siempre han considerado que el Estado estaba para garantizar los intereses privados por encima del conjunto de la sociedad.

Recién bien entrado el siglo XX, en la década del 1910 al 1920, se constituye el Partido Revolucionarios de los Trabajadores,  entre obreros e intelectuales urbanos sin mayor inserción social pero que por primera vez levantan las banderas del socialismo, de la lucha de clases, la toma del poder, e incluso presentan candidatos a las elecciones. Ya en la década del 20 también inician los prolegómenos de lo que posteriormente se constituiría en el Partido Comunista. Los partidos de izquierda se constituyen en los sectores obreros e introducen la novedad de la alineación internacional, se reconocen como parte de un gran movimiento mundial destinado a cambiar el mundo y se organizan para ello. El Estado debía concentrar el poder para a partir de ahí transformar la sociedad.

Tras la Guerra del Chaco surge el gobierno Febrerista, un movimiento nacional popular que buscaba poner en relación a los jóvenes urbanos que fueron a la guerra con la  fue la tropa, fundamentalmente campesina. Tras un largo proceso, casi al inicio de la Dictadura Colorado-Stronista, se constituye el Partido Revolucionario Febrerista buscando ocupar el centro político. El Estado, sostenían, debía tener suficiente fuerza como para controlar las tendencias extremas garantizando el bienestar general.

Estos partidos durante todo el siglo XX no han podido construir un proceso político democrático nacional, primó más bien aquello del que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo. Pero aun así la adscripción a un partido comprometía a las personas profundamente.

En el período dictatorial el partido de gobierno tenía exclusividad del empleo público y todos ellos sufrían un descuento automático de sus salarios que iban directamente a las arcas del partido. Para que esto funcione, las Seccionales, que son las organizaciones territoriales, cumplían el rol de cedazo para el acceso al empleo y el presidente de la Seccional se volvía en un importante empleado del Estado. Construyeron un sistema superaceitado y operativo, con cierto margen de corrupción, de prebendarismo y nepotismo.

Los demás partidos vivían como podían. El partido comunista actuaba clandestino y brutalmente perseguido; sus militantes y dirigentes ponían todo, hasta sus propias vidas, para impulsar las acciones partidarias. Situación similar, pero de menor intensidad, fue la situación de los febreristas, hasta que se vieron obligados a sumarse a las reglas de juego de la dictadura. Los  liberales, los adversarios históricos, pasaron igualmente periodos muy oscuros aunque siempre tuvieron sectores colaboracionistas.

Para mantenerlos, sus integrantes sostenían un fuerte compromiso con el partido y sus estructuras territoriales actuaban casi en la semiclandestinidad. El responsable de finanzas barrial o zonal colectaba los aportes mensuales comprometidos, además de realizarse actividades y aportes extraordinarios para mantener el periódico partidario, el local y desarrollar acciones simbólicas o políticas. Existía de parte de los miembros un fuerte compromiso con el partido y su ideología. En el período de cambio de autoridades, en los barrios aumentaba las actividades (muchas disfrazadas de cumpleaños y cosas así, por lo menos en el Partido Febrerista) ya que en las elecciones internas se renovaban los comités barriales y zonales y se elegían a los delegados al congreso nacional o convención nacional en donde se elegiría a la directiva nacional.

Todo esto termina repentinamente tras el derrocamiento de la dictadura stronista, siguiendo las pautas del partido que lo sostuvo durante todo el proceso dictatorial.

Tras el derrocamiento de la Dictadura, repentinamente el Partido Colorado quedó sin fuente de financiación ya que no era legítimo el descuento compulsivo a los empleados públicos –muchos sectores de trabajadores públicos se encontraban impulsando la creación de sindicatos para defender sus derechos-. El golpe no modificó el predominio colorado de las estructuras del Estado pero el fundamento democratizador del mismo imposibilitaba la continuidad del descuento compulsivo, por lo que impulsó leyes de “modernización” de las fuentes de financiación de los partidos y de elección de las autoridades partidarias y de los posibles candidatos a cargos electivos. De esta manera, afirmaban, se evitaría, supuestamente, el financiamiento con recursos ilegales o de grupos de plutócratas dentro de los partidos.

Así nace el actual subsidio electoral a los partidos políticos que finalmente terminó -incluso en el Partido Colorado-  con las organizaciones territoriales, fundamentales para la recaudación y para que las bases organizadas de los partidos exijan a sus dirigentes y tengan participación en los asuntos partidarios. De los militantes partidarios se pasó a la figura de los operadores políticos pagados y desapareció la actividad política ideológica de base.

En la misma línea “modernizadora”, se priva a las organizaciones políticas, e incluso sociales, de la capacidad de determinar los mecanismos  mediante los cuales elegirían a sus autoridades y se impulsó para todos la obligatoriedad de elecciones directas de dirigentes y candidatos. Anteriormente la elección de dirigentes eran indirectas, en las bases se elegían los delegados que posteriormente participarían con voz y voto en la convención nacional para la elección de autoridades. El proceso de elección de delegados demandaba en un período largo de tiempo el desarrollo de numerosas actividades políticas en los barrios y pueblos con el objetivo de lograr la mayor cantidad posible de delegados. Los líderes estaban obligados a discutir sus posturas en un sinnúmero de pequeñas reuniones para proponer sus planes y sus pensamientos, los que eran extensamente discutidos.

Los dos días de congreso o las actividades de precongreso eran un hervidero de discusiones, de acuerdos pequeños y grandes, de nombres en las listas, de los porcentajes, de encendidos discursos, varios documentos con argumentos diferentes, de expulsión de los pyragues, algún que otro forcejeo. Finalmente, la elección de la presidencia y la mesa directiva hasta la proclamación de la lista ganadora y de cómo se constituyó proporcionalmente el colectivo dirigente. Después, el control de las bases del compromiso asumido por las direcciones elegidas. Todo esto desapareció para dar lugar a las elecciones directas, un proceso electoral costoso y lejos de la gente, lejos de la política.

Hoy la actividad política de los partidos se diluye, no existe un compromiso directo de los afiliados a un determinado partido a seguir sus orientaciones. Más allá de afiliados comprometidos con los partidos políticos lo que precisan hoy son electores –no importa de dónde- porque eso les permitirá acceder a un determinado porcentaje del subsidio estatal.

No es casualidad, por tanto, que en la actualidad tengamos candidatos modelos, cantantes, periodistas, artistas –con respeto para todos ellos- porque finalmente ellos tienen visibilidad y en este proceso lo que importa son los electores individuales y despolitizados, no las organizaciones partidarias capaces de plantear y construir utopías en el seno de una sociedad pensante y crítica. El subsidio estatal a los partidos políticos y la elección directa ha generado vaciamiento del compromiso político y, en general, despolitización.

Los candidatos no tienen ningún tipo de compromiso con los ideales y programa partidario, ya que no se tiene ningún vínculo político directo más allá de la propaganda electoral o las cualidades individuales del líder para llegar al electorado. Vacíos de contenido surgen partidos como hongos para respaldar a individuos.

En abril, estas candidaturas recibirán votos que, sin embargo, no son portadoras de  pensamiento o ideologías compartidas, ni representaran los intereses de sectores sociales;  más bien, promoverán intereses propios y de grupos acotados de intereses, aunque tengan simpatizantes que legítimamente los vayan a votar, reduciendo la democracia a la campaña electoral, una mala caricatura gris, sin contenido ni utopía, sin espacios legítimos de confrontación que posibiliten la construcción autónoma y colectiva del bienestar de las mayorías.

 

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