TEST DE BECHDEL/Las herederas

Marcelo Martinessi, Las herederas, 2018 (still)

Por Damián Cabrera

Mujeres, mapas de influencias y silencio.

Hace algunos días, alguien te compartió una web que te permitía construir un “mapa de influencias”. Se trataba de una plataforma a la que había que subir fotografías y poner nombres de personas que hayan sido influyentes en la vida de uno: profesionalmente, académicamente, teóricamente, artísticamente… Tu primer esbozo estaba compuesto por 13 imágenes de tamaños variables; en él pensadores hombres —y occidentales— ocupaban los cuadros más grandes, mientras que la única mujer ocupaba uno de los cuadros más pequeños. Situada alrededor de estos rockstars de la filosofía y la teoría del siglo XX en sepia y blanco y negro estaba tu pequeña rockstar en la foto de una portada de revista, doblemente minimizada por el espacio que ocupaba en la pantalla, y por la presencia altisonante de aquellos hombres que eran más que hombres: eran nombres y autoridades.

No sabés si fue el accidente cromático —la foto de esta mujer era la única a colores—, pero por alguna razón te dijiste: “no puede ser que haya puesto a la mujer que más admiro en un cuadrito tan insignificante, y así de sola junto a esos hombres de nombres grandotes: Ella, que además ni siquiera es conocida con nombre y apellido, sino apenas por su nombre”, pensaste, sin meditar mucho. Así que fuiste cambiando tu mapa, y poco a poco lo llenaste de mujeres tanto o más influyentes en tu vida que aquellos hombres y poetas igualmente hermosos.

Ahí estaba tu admirada desconocida rodeada de compañeras ahora, con las que podría conversar e intercambiar ideas desde otro lugar; para variar, optaste además por las imágenes de mujeres en posiciones activas, operando computadoras y guitarras eléctricas, tocando la batería o desarrollando dispositivos casi de ciencia ficción mientras escribían a su vez las frases más atribuladas de la literatura.

Para algunos de nosotros, con la coraza de las ideas tan petrificada por el hábito y la desidia, silenciarse y dar espacio a las mujeres puede ser un acto doloroso. Hete ahí, de hecho, hablando una vez más, cuando podrías permanecer callado y bonito. Creés que ese esfuerzo que en nuestra vida política cotidiana todavía nos cuesta lágrimas de hombre, ese esfuerzo que disputa con las instituciones y la norma un lugar en el pensamiento y la academia, en la literatura y el arte, de alguna manera ha sido dramatizado como victorioso y utópicamente sensato —nótese, no sin inestabilidades— en la película Las herederas, dirigida por Marcelo Martinessi. Aplíquesele el test de bechdel y cuéntese la multitud de mujeres hablando entre sí, conduciendo autos, nombrando sus deseos y haciéndose cargo de un destino más allá del silencio aprisionador. Compruébese a partir de ésta, cómo, en cualquier película, aun cuando los hombres no sean sino sombras, quejidos distantes o balbuceos monosilábicos, objetos sexuales, extras, directores o productores, éstos seguirán —nosotros seguiremos, decís bien— teniendo un lugar en el mundo. Un lugar para las mujeres es otra cosa: es un espacio que, a veces, cuando no existe, hay que imaginarlo, hay que escribirlo, hay que nombrarlo o filmarlo. Hay que conjurarlo.

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