LOS CALABOZOS DE STROESSNER

LOS CALABOZOS DE STROESSNER

El encierro y la huelga de hambre

 

Por Rodrigo Zelada

 

Una crónica sobre la vida en los calabozos de la Asunción de Stroessner, por los que pasaron referentes como Juan Carlos Galaverna, Alfonso Resck, Domingo Laíno y hasta Yoyito Franco.

 

El calabozo de Tercera[1] era oscuro y con varios delincuentes comunes, y el que regía ese lugar era un brasileño robacoches de apellido Mello. Este me hizo unas preguntas averiguando por qué estaba detenido. Luego me recomendó “si querés que te atiendan ese brazo que ya comienza a hincharse, debés llorar”.

En ese momento los que luchábamos contra la dictadura estábamos con una moral muy alta, seguros de nuestra causa, por lo que respondí: “no lo haré, no les voy a dar el gusto”. Agregó entonces: “Vamos a doblar ese brazo y poner en su lugar”, y dirigiéndose a los otros detenidos dijo “éste está preso por luchar por un país diferente y no es como nosotros un malandro, vamos a respetarle”, y rompiendo el forro de un colchón, formó un cabestrillo. Así, en ese lugar oscuro y hediondo, recibí el homenaje más preciado de toda mi vida.

Mientras tanto en el Cuartel Central de Policía, un comisario rodeado de varios escoltas, entró en el calabozo donde se encontraban los detenidos de la Calle Palma[2], y de manera amenazante dijo: “Quiero que me digan el nombre del que esta mañana rompió la antena de una de nuestras patrulleras”. En ese momento se incorporó Sandino Gill Oporto y le respondió: “Le podemos dar el nombre de esa persona, pero usted debe darnos los nombres de todos aquellos que hoy nos garrotearon”, lo que arrancó carcajadas entre los detenidos. El descolocado comisario atinó a refunfuñar una respuesta y se alejó.

Cerca de la noche, me informaron que se me iba a trasladar. Luego de despedirme y agradecer a aquellos solidarios compañeros de celda, me llevaron por la parte trasera de la Comisaría Tercera, y allí grande fue mi sorpresa cuando veo que entre el personal se hallaba una persona de apellido Cuevas, que durante mucho tiempo había sido cliente de mi imprenta, y a veces pasaba a “matar el tiempo”; pero tal vez desde hacía mucho mi familia era vigilada.

Fui trasladado a la Central de Policía, donde me reuní con el resto de los detenidos. Allí se encontraban cerca de 30 manifestantes detenidos; entre ellos Domingo Laíno, Galaverna, los hermanos Saguier, Sandino Gill Oporto, Alfonso Resck, Felino Amarilla, Hugo Lafuente, entre otros.

Luego comencé a tener fiebre, por lo que mis compañeros exigieron a los guardias que me atendiera un médico. Poco tiempo después un oficial se acercó y gritó “Zelada a enfermería”. Fui llevado a un lugar con azulejos, pero que no era una enfermería, era una  peluquería.

Me sentaron en la silla y un peluquero comenzó a raparme. Usaba una  maquina sin filo; yo había recibido varios golpes en la cabeza esa mañana, por lo que el dolor era intenso. “Esto es un regalo del Ministro Montanaro, para que se deje joder”, me dijo el oficial. En ese momento recordé una conversación con Víctor Dure y Sonia Aquino: me habían dicho: “Los golpes y maltratos no son siempre para que confieses algo, o para darte un escarmiento, lo que intentan es QUEBRARTE; es decir, que te asustes y abandones la lucha, o en el peor de los casos te conviertas en un informante”. Evidentemente estaban intentando quebrarme.

Luego, para burlarse, me pasaron una pastilla de Geniol y me devolvieron al calabozo.

Luis Alfonso Resck, en determinado momento, increpó al Oficial de Guardia y exigió: “queremos ver a un alto prelado de la Iglesia”, y Luchi Guanes acotó, señalándome a mí: “Sí, porque acá tenemos un bajo pelado”. Las bromas eran una constante, pues a pesar del encierro no queríamos dejarnos llevar por el desánimo.

A la mañana siguiente fuimos movilizados pues nos anunciaron que nos trasladaban, pero se negaron a decir adónde. En una Combi, acondicionada para el transporte de presos, nos metieron. Allí el que peor la pasó fue Juan Carlos Galaverna, pues tuvo un ataque de claustrofobia. Presumimos que nuestro destino sería la Cárcel de Tacumbú, pero cuando se abrieron las puertas vimos dónde estábamos: en la Guardia de Seguridad.

Nos ubicaron en un lugar con unas plataformas de dos pisos que servían de camas. Gill Oporto y Juan Carlos Saldívar sobornaron a unos guardias, quienes les proporcionaron una pequeña radio con un montón de baterías. En determinado momento Resck, con su acostumbrado hablar ceremonioso, nos anunció: “He enviado una nota a los medios informando que estamos en huelga de hambre por nuestra libertad”.

El más molesto con esta noticia fue Luchi Guanes. Unánimemente nos opusimos a entrar en huelga, hasta que Sandino nos hizo callar para escuchar una noticia por Radio Caritas. El locutor, con voz trémula, anunciaba que todos estábamos en huelga de hambre y acto seguido nos dedicaba la música interpretada por Cuarteto Zupay Pronto Venceremos. Aquella que había sido el himno en la lucha por los derechos civiles en tiempos de Martin Luther King.

Ante esa situación no tuvimos más opción que plegarnos resignados al ayuno voluntario que “democráticamente” había decidido el Profesor Resck.

En tiempos de la dictadura, si alguien era remitido a la Guardia de Seguridad, éste no se hallaba detenido, preso o demorado: se encontraba DEPOSITADO; una categoría inventada por el stronismo, lo que hacía imposible que se solicitara por éste un Habeas Corpus, o se tramitara cualquier otra diligencia legal. El “depositado” estaba a total disposición del Poder Ejecutivo, es decir, del Dictador Stroessner.

Nuestros días transcurrían principalmente discutiendo sobre temas políticos, salpicados con mucho humor; y quienes más sobresalían por esto eran Galaverna, Sandino y Zaldívar, con un toque bien “paraguayo”, y contrapunteado con el humor porteño de Rambo Saguier. Resck destacaba por su gran capacidad de contar anécdotas vividas con una precisión en los detalles. Y Yoyito parecía empantanado en contar historias de la Revolución del 47.

En la noche, el frío se empeñaba en entrar por los cristales rotos de las ventanas. Y en plena madrugada, Napoleón Ortigoza, quien se encontraba en el piso superior, comenzaba a gritar las injusticias que se cometieron en su contra: Comenzaba despotricando contra Stroessner; luego su blanco era Edgar L. Insfrán; y, por último, repetía una y otra vez que la corbata con la que se ahorco el Cadete Benítez tenia las iniciales A. R. y  que pertenecían a Andrés Rodríguez.

El domingo, cerca de las 6 de la mañana, el oficial de guardia dejó entrar a un jovencito con una gran canasta:   vendía comidas, y le hizo dar varias vueltas por nuestro lugar de encierro, dejando el aroma de sus empanadas recién hechas, lo cual fue una verdadera tortura para nuestro estómago que ya llevaba varios días de huelga de hambre.

El lunes bien temprano nos subieron a unos camiones del ejército y nos llevaron hasta cerca de la Quinta Avenida, donde sin mediar explicación nos liberaron.

En las inmediaciones abordamos unos taxis y nos fuimos a nuestras casas. Al llegar a la mía, después de saludar a mi familia, fui al bar más cercano y me di un atracón de empanadas.

Esa misma mañana tuvimos una reunión con los compañeros de la Juventud Revolucionaria Febrerista (JRF), quienes habían estado preparando un acto político en la Casa del Pueblo, en el que exigirían nuestra liberación, y como medida de protesta varios se raparían la cabeza, en señal de lo que me habían hecho.

En vez de eso, nos pusimos a organizar la Cuarta Asamblea de la Civilidad.

 

NOTAS

[1] Comisaría Tercera.

[2] Tercera Asamblea de la Civilidad.

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72 Comentarios to “LOS CALABOZOS DE STROESSNER”

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